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A desobediência como estratégia de luta e a nobre arte de desobedecer

16/12/2009

 

 

 

 

 

 

 Óscar Chaves

Cuenta la leyenda que Antígona, hija de Edipo, se negó a obedecer a su tío, el tirano Creonte, al dar sepultura al cadáver de su hermano Eteocles, que había sido privado de los honores fúnebres por haber muerto en rebeldía. Desde este hecho, considerado el primer acto de objeción de conciencia de la historia, no ha habido siglo ni existido pueblo que no haya conocido expresiones de rechazo colectivo a normas y situaciones de injusticia. A pesar de que, en palabras del grupo antimilitarista alicantino Tortuga, “el conformismo generalizado y el amplio desinterés que expresa la mayoría de la sociedad hacia cualquier cosa que pueda alterar en lo más mínimo el orden establecido” dificultan hoy en día la extensión de la desobediencia civil, los territorios que conforman el Estado español siempre han sido prolíficos en este tipo de práctica. Desde el rechazo a la leva militar de los siglos XVII y XVIII y las primeras huelgas obreras contra las máquinas hasta el exitoso movimiento por la insumisión a la ‘mili’ y las acciones directas contra los proyectos nucleares o la caza, pasando por la negativa a pagar impuestos considerados injustos y las bicimarchas nudistas o los centros sociales okupados, los ejemplos son tantos y tan diversos como diferentes sus protagonistas.

Grupos como Greenpeace, Solidari@s con Itoitz, Mujeres de Negro, Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC), Lokarri, Equanimal, las brigadas contra la guerra,

A Desalambrar, el movimiento estudiantil contra Bolonia o sindicatos como EHRNE o el SOC, por citar sólo unos ejemplos, han hecho de la desobediencia un elemento de uso habitual que en muchas ocasiones han tenido que pagar con la tortura, elevadas multas o la cárcel. Sus formas son tan variadas como ancha la imaginación: huelgas de hambre, parodias, encadenamientos, boicot…

“Estas herramientas no necesitan ser compradas en ningún mercado, se pueden usar cuando se necesite, sin pedir permiso. Cada vez que una persona decide hacer uso de su legítimo derecho a desobedecer, la humanidad toda se ve confrontada a un aumento de su conciencia colectiva”, indica Mabel Cañada, del pueblo okupado de Lakabe.

Para la mayor parte de las organizaciones antimilitaristas, feministas y ecologistas, la desobediencia civil, que el MOC entiende como la “acción colectiva, pública y organizada que consiste en el quebrantamiento de una ley, norma o imposición que se considera injusta en sí misma o representativa de una situación de injusticia”, corre pareja a la noviolencia (escrito junto). Según el grupo Bidea Helburu, la noviolencia es “una forma de estar en la vida, una propuesta positiva para abordar los conflictos e intentar transformarlos, no sólo para lograr una ausencia formal de violencia sino para superar las injusticias generadoras de esos conflictos y reaccionar ante la pasividad y apatía que conllevan”. En este marco, es siempre “activa” (nunca “resistencia pasiva”) y su práctica debe encarnar los objetivos que trata de alcanzar. Por tanto, va mucho más allá de la no violencia, que sólo implica ausencia de violencia contra personas y animales y que tantas veces se ha usado como complemento de estrategias violentas. Para Tortuga, la “noviolencia y la desobediencia civil, no sólo tienen una absoluta vigencia en estos momentos de agotamiento y cambio de ciclo de los modelos políticos tradicionales, sino que se perfilan como las herramientas del futuro en manos de una sociedad en la que cada vez van a tener menos seguimiento los sistemas violentos y autoritarios y se va a apostar más por el respeto a la persona humana en todas sus dimensiones”.


Insumisión: una lucha única y exitosaAunque los Testigos de Jehová rechazan incorporarse al ejército español desde 1954, no será hasta 1971 cuando se presente el primer “objetor de conciencia noviolento” en el Estado español. Se trata del valenciano Pepe Beunza, que pasará más de tres años en la cárcel y marcará el inicio de uno de los movimientos de desobediencia civil más importantes de Europa en la última parte del siglo.

Desde ese año, pero sobre todo desde que, en 1989, 57 jóvenes pusieron en marcha la campaña de insumisión promovida por el MOC, la negativa a realizar el servicio militar obligatorio y la Prestación Social Sustitutoria (PSS) no paró de crecer hasta 2001, año en el que el último reemplazo de la mili deja los cuarteles.

El fin de la leva obligatoria se debe sin duda a la acción de un movimiento que, como una pandemia, se extendió por toda la sociedad. En 12 años, 50.000 jóvenes se declararon insumisos y 1.670 cumplieron parte o la totalidad de sus condenas judiciales en la cárcel por defender su derecho a no hacer la mili ni la PSS. Dos de ellos, Unai Salanueva y Kike Mur, acabaron suicidándose en prisión.


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- Por una visión feminista de la desobediencia

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